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viernes, 4 de julio de 2014

LA LEYENDA MASONICA DE HIRAM ABIFF (1 de 3).


LA LEYENDA MASONICA DE HIRAM ABIFF (1 de 3).

* Herbert Oré Belsuzarri 


Hiram Abiff es una figura simbólica de la Masonería y la narración que se utiliza es una leyenda, creada para vehicular un conjunto de enseñanzas. No se trata de una leyenda propiamente dicha, pues todo masón especulativo sabe, de antemano, que muchos de los personajes representados en el asesinato del Maestro Hiram, son totalmente simbólicos, y representan virtudes y vicios humanos cada uno de ellos.

En la parábola usada en el ritual masónico, Hiram Abiff, es asesinado por tres compañeros miembros del oficio que trabajaban en la construcción del templo, en su afán de obtener información del Maestro de forma ilícita. De todos modos cualquier información o secreto, Hiram Abiff no lo reveló.



El cuerpo de Hiram, después del asesinato fue escondido por sus asesinos llamados en el folclore masón: Jubelon, Jubelas y Jubelus. Cuando el cuerpo fue hallado, se marcó esta tumba provisional con una plata de acacia, luego el cuerpo de Hiram, fue recuperado por los maestros masones y posteriormente enterrado por el Rey Salomón.

Robert Ambelain[1], en su libro El Secreto Masónico, nos narra la leyenda de Hiram Abiff de la siguiente manera:

Salomón, hijo de David, recibe de Dios la misión de construir el templo siguiendo las instrucciones del profeta Natán, al que el Señor ha dado en sueños las indicaciones necesarias. Hiram, rey de Tiro, amigo de su padre, le aporta su ayuda en materiales y, sobre todo, en obreros. Le envía, por ejemplo, a Hiram el Fundidor. Un día, este último se dispone a efectuar el vaciado del mar de fundición de bronce para el Templo en presencia de Salomón y de Balkis, reina de Saba, a la que Salomón quiere seducir, a fin de casarse con ella. El pueblo de Israel asistirá al vaciado.

Benoni, ayudante y fiel discípulo del maestro de obras, ha sorprendido a la caída de la noche a tres obreros, Fanor el sirio, albañil, Anru el fenicio, carpintero, y Metusael el judío, minero, saboteando el molde del futuro mar de bronce. Benoni advierte a Salomón de la traición de los tres cómplices, pero el rey, celoso de la admiración que Balkis siente ya por Hiram el Fundidor, deja que prosigan los preparativos.

Al ponerse el sol, Hiram da la orden de proceder al vaciado. Y el gigantesco molde en que debe fundirse el mar de bronce y que ha sido manipulado se agrieta. El metal en fusión surge bruscamente y salpica a la horrorizada multitud. Benoni, desesperado por no haber advertido personalmente a Hiram, se arroja entre la ardiente lava.

Poco después, solo, abandonado de todos, Hiram sueña ante su obra destruida. De pronto, de la fundición que brilla enrojecida en las tinieblas de la noche se alza una sombra luminosa. El fantasma avanza hacia Hiram, que lo contempla con estupor. Su busto gigantesco está revestido por una dalmática sin mangas; aros de hierro adornan sus brazos desnudos; su cabeza bronceada, enmarcada por una barba cuadrada, trenzada y rizada en varias filas, va cubierta de una mitra de corladura (plata dorada); sostiene en la mano un martillo de herrero. Sus ojos, grandes y brillantes, se posan con dulzura en Hiram y, con una voz que parece arrancada a las entrañas del bronce, le dice:

-          Reanima tu alma, levántate, hijo mío. Ven, sígueme. He visto los males que abruman a mi raza y me he compadecido de ella...
-          Espíritu, ¿quién eres?
-          La sombra de todos tus padres, el antepasado de aquellos que trabajan y que sufren. ¡Ven! Cuando mi mano se deslice sobre tu frente, respirarás en la llama. No temas nada. Nunca te has mostrado débil...
-          ¿Dónde estoy? ¿Cuál es tu nombre? ¿Adónde me llevas? –pregunta Hiram.
-          Al centro de la Tierra, en el alma del mundo habitado. Allí se alza el palacio subterráneo de Enoc, nuestro padre, al que Egipto llama Hermes y que Arabia honra con el nombre de Edri...
-          ¡Potencias inmortales! –Exclama Hiram-. ¿Entonces es verdad? ¿Tú eres...?
-          Tu antepasado, hombre, artista.., tu amo y tu patrono. Yo fui Tubal Caín.

Llevándole como en un sueño a las profundidades de la Tierra, Tubal Caín instruye a Hiram en lo esencial de la tradición de los cainitas, los herreros, dueños del fuego.

En el seno de la Tierra, Tubal Caín muestra a Hiram la larga serie de sus padres: Enoc, que enseñó a los hombres a construir edificios, a unirse en sociedad, a tallar la piedra; Hirad, que supo antaño aprisionar las fuentes y conducir las aguas fecundas; Maviel, que enseñó el arte de trabajar el cedro y todas las maderas; Matusael, que imaginó los caracteres de la escritura; Jabel, que levantó la primera tienda y enseñó a los hombres a coser la piel de los camellos; Jubal, el primero en tender las cuerdas del cinnor y del arpa, extrayendo de ellos sones armoniosos ... Y por último, el propio Tubal Caín, que enseñó a los hombres las artes de la paz y de la guerra, la ciencia de reducir los metales, de martillear el bronce, de encender las forjas y soplar sobre los hornillos.

Y transmitió a Hiram la tradición luciferina.

Al comienzo de los tiempos, dos dioses se reparten el universo. Uno, Adonai, es el amo de la Materia y del elemento Tierra; el otro, Iblis, es el amo del Espíritu y del elemento Fuego.

Adonai crea al Primer Hombre del barro que le está sometido y lo anima. Movido a compasión por el bruto incomprensivo que Adonai quiere convertir en su esclavo y su juguete, Iblis y los Elohim (los dioses secundarios) despiertan su espíritu, le dan la inteligencia y la comprensión. Mientras Lilith, la hermana de Iblis, se convertía en la amante oculta de Adán, el Primer Hombre, y le enseñaba el arte del pensamiento, Iblis seducía a Eva, surgida del Primer Hombre, la fecundaba y, junto con el germen de Caín, deslizaba en su seno una chispa divina. En efecto, según las tradiciones talmúdicas, Caín nació de los amores de Eva e Iblis. Abel nacerá de la unión de Eva y Adán.

Más tarde, Adán no sentirá más que desprecio y odio por Caín, que no es su verdadero hijo. Aclinia, hermana de Caín, que la ama, será entregada como esposa a Abel. Y a pesar de ello, Caín dedica su inteligencia inventiva, que le viene de los Elohim, a mejorar las condiciones de vida de su familia, expulsada del Edén y errante por la tierra. Pero un día, cansado de ver la ingratitud y la injusticia responder a sus esfuerzos, se rebelará y matará a su hermano Abel.

Para justificarse, Caín responde personalmente a Hiram. Insiste sobre lo doloroso de su suerte. Sólo él trabajaba la tierra, arando, sembrando, recolectando, efectuando todas las labores penosas, mientras que Abel, cómodamente echado bajo los árboles, vigilaba sin esfuerzo los rebaños. Cuando les tocaba ofrecer los sacrificios prescritos a Adonai, amo exterior de la esfera terrestre, Caín elegía una ofrenda incruenta: frutos, haces de trigo. Abel, por el contrario, ofrecía en holocausto a los primogénitos de sus rebaños. Y, presagio funesto, el humo del sacrificio de Abel subía recto y orgulloso en el espacio, mientras que el del fuego de Caín caía hacia el suelo, mostrando el rechazo de Adonai.

Caín explica entonces a Hiram que, en el curso de las edades, los hijos nacidos de él, hijos de los Elohim, trabajarán sin cesar por mejorar la suerte de los hombres, y que Adonai, lleno de celos, tras intentar aniquilar a la raza humana mediante el Diluvio, verá fracasar su plan gracias a Noé, advertido en sueños por los Hijos del Fuego sobre la inminente catástrofe. Al devolver a Hiram a los límites del mundo tangible, Tubal Caín le revela que Balkis pertenece también al linaje de Caín y que es la esposa que le está destinada desde toda la eternidad.

Después, antes de la partida de la reina hacia Saba, Hiram y Balkis se unirán en secreto, a pesar de la celosa vigilancia de Salomón. Hiram, descendiente de las Inteligencias del Fuego, y Balkis, descendiente de las Inteligencias del Aire, no podrán sin embargo permanecer unidos. Hiram será asesinado por tres Compañeros, deseosos de conocer indebidamente la contraseña de los Maestros, con objeto de percibir el mismo salario que ellos. El crimen tendrá lugar dentro del templo de Jerusalén en construcción, desierto en ese momento. Y Balkis, al regresar al país de Saba, sin haber sido nunca la esposa de Salomón, se cruzará, sin verlos, con los tres asesinos, que se llevan el cadáver de Hiram para enterrarlo en secreto.

Sólo se estremecerá en su seno el niño que va a nacer de sus amores fugitivos con el Maestro Obrero, ese niño que será más adelante el primero de los hijos de la viuda.

Tal es la leyenda de Hiram, que no hará su aparición en el seno de la francmasonería especulativa hasta alrededor de 1723, la francmasonería especulativa de los siglos anteriores la ignoraba. Hasta ese momento, Hiram no gozaba de mayor importancia en los relatos iniciáticos que Nemrod, Noé, Abraham o Moisés.

La cosa se comprende fácilmente, ya que en la Biblia Hiram queda reducido a su papel de fundidor, sin que se le presente en ningún momento como el arquitecto del templo de Jerusalén. Si se quiere precisar la verdadera identidad de ese arquitecto, hay que atenerse al relato bíblico, según el cual fue el mismo Dios quien comunicó los planes a David, por mediación del profeta Natán, durante una visión o un sueño.

Como se ve, la leyenda de Hiram, procedente de las tradiciones propias de los herreros cainitas de los alrededores del Sinaí, está emparentada con una vía próxima a las tradiciones tántricas indias, es decir, proviene de la mano izquierda, por utilizar el lenguaje particular de estos temas y del esoterismo. Con ella se asocian otras tradiciones, como la de Prometeo, la rebelión de los Titanes, el descenso de los ángeles caídos al monte Hermón, narradas en el libro de Enoc. Según se dice, todas ellas enseñaron a los hombres conocimientos tan diversos como nuevos, pero susceptibles de causar su perdición.

En esta narración de la leyenda se puede visualizar lo siguiente:

-Hiram, el fundidor de Tiro, era hijo de una viuda de la tribu de Neftalí (I Reyes, 7-13) o de Dan. Esas dos tribus hebreas fueron las que volvieron al becerro de oro y renunciaron al dios de Moisés.

-Hiram tuvo por padre a un tirio, también fundidor, llamado Ur. En hebreo, esa palabra significa “Luz”. Recordemos la importancia de la Luz con mayúsculas en toda la ruta luciferina.

-La leyenda de Hiram nos cuenta que éste fue instruido, durante un descenso al centro de la tierra, por Tubal Caín, su antepasado fundidor. Y Tubal Caín, por cierto la palabra de paso en la Maestría Masónica, es citado en el Génesis 4-22 de la siguiente forma: “Sela parió a Tubal Caín, forjador de instrumentos cortantes de bronce y de hierro. La hermana de Tubal Caín era Naema”. El rabí Simeón (a quien se atribuye el Zohar, el principal libro de la Cábala) nos aclara: “Naema era la madre de todos los demonios (sic), porque procedía del lado de Caín”. Naema es hermana y esposa de Tubal Caín, lo mismo que Isis es hermana y esposa de Osiris.

-Tubal Caín es un antepasado cercano de Hiram Abiff y la séptima generación nacida de Iblis (Samael, Prometeo, Lucifer, Baphomet…), el dios de la Luz y Ángel de Luz en la tradición judía, como se puede ver en el árbol genealógico de la tradición luciferina descrito más arriba. Con lo cual, podemos asegurar que Hiram Abiff tenía por antepasado directo a Tubal Caín e Iblis, el dios de la Luz.

-Hiram Abiff no solo pertenece a una genealogía “luciferina”, sino una clara ligazón de éste y sus antepasados con el dios de la Luz, llamado como hemos dicho Iblis (Samael, Lucifer, Baphomet, Prometeo…).

Los misterios relatados pertenecen a la Iniciación Primordial que fue a parar a las masonerías operativas de Egipto, de Israel… Recogidos por el escocismo y memphis-misraïm, por los Ritos de la Orden Illuminati y la Societas OTO, por el Sistema denominado Rojismo, esos misterios son fundamentales en la iniciación.

El deber de los iniciados es “descubrir” la auténtica tumba de Hiram Abiff para poseer su Luz y sus misterios. Así descubren de quien descienden y quienes son, alcanzando la transformación y la iniciación completa. La mayoría de buscadores de la tumba de Hiram Abiff dirigen sus pasos hacia el interior del templo, mientras otros, encabezados por el Rojismo y los Illuminati de todos los tiempos, los dirigen hacia el Monte Zión y las entrañas de la tierra.

Raymond Francois Aubourg Dejean, en su Libro Los Hijos de la Luz, nos narra otra variante de la Leyenda de Hiram Abiff.

- El Maestro Hiram –

Hiram Abif (Hiram Habif o Abi “el huérfano”), hijo de una viuda de la tribu hebraica de
Nephthali (Neftali o Dan) y de padre Tireo llamado Ur, había sido iniciado en el secreto de la geometría, «la ciencia de las ciencias» y en el arte de la construcción. Hiram era Maestro en el «Arte del Trazado», ciencia misteriosa sin la cual ningún gran edificio podría ser concebido (*9).Era capaz de resolver las más grandes dificultades técnicas y de manejar los materiales más rebeldes. Sabía tallar la piedra mejor que cualquier otro de los mejores artesanos. Pero, lo mejor de todo, Hiram era Maestro metalista, conocedor en la fundición del cobre y del bronce y de la realización de todas las obras de metal (*47), experto en la ciencia secreta de las aleaciones que le habían enseñado los Maestros Fenicios iniciados en las escuelas de los misterios de Egipto y de Grecia, descendientes de aquellos que habían sido instruidos por Hermes, el descubridor de la columna de piedra de Tubalcain.

Hiram llegó a Jerusalén precedido por su prestigioso renombre y fue acogido con grandes honores. De gran estatura, Hiram portaba siempre alrededor del cuello una cadena de oro donde estaba colgada una medalla de forma triangular sobre la cual estaba grabado: de un lado, el ojo de aquel que lo veía todo y sobre el revés, las cuatro letras del nombre impronunciable de Dios y que se pueden solamente deletrear (*47).

Después de haber invocado la asistencia de Adonai, «el Señor todo poderoso, Maestro de los Maestros y Gran Arquitecto del Universo», a quien él pide: «la belleza de la inspiración, la fuerza para la ejecución y la armonía de la concepción», Hiram abrió el gigantesco trabajo el 2do. día del 2do. mes del 4to. año del reino de Salomón (967 A de C) (*27). El genio del arquitecto Hiram lo colocaba por encima de todos los hombres y su inteligencia, su sabiduría, sus altos conocimientos y su gran habilidad ejercía tal influencia que todos se inclinaban ante la voluntad y la autoridad de aquel a quien todos daban respetuosamente el título de «Maestro».

- La construcción del Templo –

La construcción del Templo dura 6 años, 5 meses y 21 días (*1). A la puerta del Oriente se levantaba un sublime pórtico con un triple alineamiento de más de doscientas columnas. Hiram talla él mismo la sala subterránea del santuario, las fundaciones del «Sanctum Sanctorum», a la que él da la proporción de un cubo de diez codos de arista, tallados en un gigantesco bloque de granito negro y rosado que, según una antiguas leyenda, habría caído del cielo; tesoro ofrecido por Yahvé a los artesanos con el fin de que construyeran sobre él el santuario de Dios (*56). Para los antiguos hebreos, el «Santo de los Santos» era la cámara nupcial en la cual se consumaba la unión de Yhavé con su complemento femenino: Shekinah (o Matronita), consorte de Yahvé (*34). En el fondo de esta sala subterránea, debía presidir el nicho conteniendo el relicario sagrado: el «Arca de la alianza».

Hiram fundió las dos columnas destinadas a soportar la entrada del templo, las diez cubas y los diez zócalos, las calderas, copas y vasos necesarios para los sacrificios y la práctica del culto y el «Mar de airain» (aleación de estaño y de cobre, material tradicionalmente empleado para la confección de los instrumentos del culto, apreciado por sus excepcionales cualidades de incorruptibilidad y de resonancia) (*47), gigantesco copón de reborde esculpido en forma de pétalos de loto, sostenido por doce toros de bronce, que debía adornar la puerta occidental del edificio. El monumental estanque, que hacía parte de las más grandes maravillas hechas por la mano del hombre, estaba destinado a la purificación de los 15.000 sacerdotes de las 24 clases jerárquicas que oficiaban y mantenían cada día el templo (*56).

Salomón reunió a los príncipes de Israel más dignos y expertos para escoger siete de entre ellos: Jehoshaphat, Zadoc, su hijo Azariah, Elihoresphs, Aliah, Bernaiah y Abiathar y nombrarlos «Gabaonitas», guardias del «Sanctum Sanctorum» (*46), la sala subterránea donde estaba ubicada el “Arca de la alianza” y las joyas y objetos sagrados del Templo. Salomón ordeno eso por el temor de que algunos malhechores cargados por la envidia, trataran de destruir tan preciosos objetos y para proteger el Arca de la alianza de todas las profanaciónes.

A pesar de una cierta rivalidad con Hiram, debido al prestigio excepcional que el arquitecto adquirió durante la construcción del Templo y su rechazó de dar al Soberano el poder sobre las corporaciones, Salomón amaba a los Masones quienes, sabiendo manejar los hombres y dirigirlos, habían puesto en pie las premisas de una sociedad industrial jerarquizada (*56).

- Balkis, Reina de Saba –

El templo de Jerusalén era la obra más admirable de cuantas se han visto tanto por su magnitud como por la inmensa riqueza empleada en él. Por todo lado estaba cubierto del legendario oro rojo que abundaba en las montañas del lejano Reino de Saba, región más meridional de Abisinia (o Etiopía), la más rica del oriente, que su Reina Balkis gobernaba como heredera dinástica de Sab, primer hijo de Hermes. La Reina había vendido su oro a Salomón a cambio del trigo que su pueblo necesitaba para alimentarse. La orgullosa y seductora Reina, vino con su numerosa comitiva a rendir homenaje al Rey Salomón y a ver por sí misma la verdad de la maravillosas relaciones que había oído ponderar del esplendor y de las riquezas del templo y saber a cuales fines habían servido las riquezas de Saba que la Reina había enviado a Salomón (*56).

El escritor francés Gerard de Nerval cuenta de manera romancesca la leyenda de «la Reina de la mañana y de Soliman, Príncipe de los genios», en la cual se cuenta como el Rey Salomón fue seducido por esta mujer de gran belleza, en la cual engendró un hijo (*18), pero quien no tenía interés sino por el Maestro Arquitecto Hiram a quien ella quería conquistar y llevar a su lejano Reino para unirse a él y construir otros templos.

Otros autores contaron que el niño que la bella Balkis llevaba en sus entrañas era el fruto de sus amores con el Maestro constructor (*56)

- La muerte del Maestro –

El magnífico templo estaba casi terminado; le faltaba solamente el techo de teja, pero Hiram no se apareció por la obra. Los Maestros Masones se inquietaron y lo buscaron sin éxito. Habiendo visto huellas de sangre en el umbral de las puertas de occidente, del norte y del oriente, un grupo de vigilantes llegó a la convicción de que el Maestro Hiram había muerto.

Después de investigaciones, 9 compañeros denunciaron que los llamados Jubelón (o Abairam o Abi-Balah) Jubelás y Jubelós (*46) (o Halem, Sterkin y Hotherfut) (*1), tres malos compañeros decepcionados del rechazo de Hiram de darles la Maestría y a quien habían intentado arrancarles por la fuerza la palabra de paso de los Maestros Masones, habían golpeado a muerte al Gran Maestro con las herramientas de la obra (*47).

Después de siete días de búsqueda, es Satolkin, jefe de la corporación de los carpinteros que encontró el cadáver de Hiram en descomposición en una fosa de 7 pies de longitud, 5 de longitud y 3 de profundidad, disimulada al pie de un acacia y cubierta con una rama de ese árbol, sobre una pendiente del valle de Cedrón. El Maestro Hiram fue reconocido por su medalla pectoral de oro donde estaba grabado el ojo de Adonai (*46).

Tres mil años antes de la construcción del templo de Jerusalén, encontramos en Egipto, el mito del Maestro asesinado en uno de las pinturas murales del santuario de Deir el Medineh: la leyenda del «Iniciado perfecto», aquel del Maestro Horemheb (o Neferhotep), asesinado por un obrero que quería usurparle su función. El nombre de este difunto Maestro está formada de dos palabras egipcias que significan «la perfección - del conocimiento- en la belleza» (*56).

El Rey Salomón ordenó a Adoniram, elegido Jefe Arquitecto del templo para suceder al Maestro Hiram, que preparara los funerales del Maestro con magnificencia y construyera un obelisco de mármol blanco y negro en el corto plazo de 9 días. El corazón del Maestro Hiram embalsamado por Jeroboam y colocado en una urna del oro más puro, que se ubicó sobre el pedestal del obelisco (*46). Los siete Príncipes de Israel, los «Gabaonitas», guardias del «Sanctum Sanctorum», trajeron el cadáver del Maestro que fue sepultado con gran pompa en un lugar secreto del templo, bajo el «Santo de los Santos» que Hiram había hecho con sus propias manos con tanto arte y donde se reunía el capítulo de los Maestros, al amparo de los profanos, la secreta «Cámara del medio», disimulado en el centro de un subterráneo del templo.

El Rey Salomón dispuso que entre los Maestros más adelantados se eligieran 5 para desempeñar la intendencia del edificio para la terminación del templo. Fueron el Hebreo Gareb, jefe de los obreros en oro y plata, Zelec de Gebal, jefe de los obreros en piedras, Satolkin, jefe de los carpinteros, el Fenicio Yehu-Aber (o Joabert o Johaben), jefe de los obreros fundidores del bronce y Adoniram (hijo de Abda), superintendente de los trabajos (*46).

A la muerte del Maestro Hiram, Salomón concibió para los obreros unas constituciones que les serían particulares, emanando de diez de las palabras escritas por Yahvé sobre las tablas de piedra entregadas a Moisés (*34). La leyenda pretende que Salomón confía la construcción del pueblo al colegio de los 12 Maestros puestos por Hiram a la cabeza de los cuerpos que conformaban la cofradía, colocándolos a la cabeza de las 12 tribus de Israel, con misión de luchar contra la extorsión y las iniquidades tributarias en las tribulaciones, origen del estado de pobreza en que se halla el pueblo de Israel (*46).

- El castigo de los asesinos –

Después del trágico acontecimiento de la muerte del Maestro Hiram, los autores del crimen trataron de escapar del castigo que les aguardaba y se ocultaron.

Tres meses después de la muerte de Hiram, un extranjero llamado Pharos, originario de Joppe (Jaffa), informó al Rey Salomón que había visto a un hombre ocultarse en una caverna al oeste de Jerusalén, cerca de las costas de Joppe; se ofreció a conducir a los nueve Maestros designados por Salomón para prenderlo. Es el Maestro Fenicio Yehu-Aber, quien sorprende dormido a Jubelón, jefe de los criminales. No pudiendo contener su impaciente celo, lo mató de una puñalada y separó la cabeza del tronco del traidor; la cual fue después colocada en la torre oriental del templo de Jerusalén hasta que se encontrasen a sus dos cómplices (*46).

Habían transcurrido seise meses desde que tuvo lugar el castigo de Jube-lón cuando Ben Dekar, intendente del palacio del Rey Salomón, hizo publicar un aviso en el Reinado vecino de Gheth (o Gath) en el que se hacia la descripción de los asesinos del Maestro Hiram. Algunos días más tarde, recibió la noticia de que los dos homicidas se habían refugiado en las canteras cercanas de Gheth. El Rey Salomón resolvió solicitar del Rey Maachab (Makah) de Gheth, la aprehensión de Jubelás y Jubelós. El Rey Maachab ordenó que se encontrase a los criminales y se les entregara a los emisarios del Rey Salomón. Quince Maestros, acompañados de una fuerte escolta se apoderaron de los 2 criminales, los cargaron de cadenas y los llevaron a Jerusalén para ser juzgados y luego martirizados y decapitados; sus cabezas fueron clavadas sobre las puertas de Jerusalén (*46).

- El Delta sagrado –

Desde una época muy remota, cuando vivía el patriarca Enoch, nadie pudo decir el verdadero nombre de Dios hasta que el fue pronunciado por el propio Yahvé cuando apareció a Moisés en la zarza encendida (*1). El legislador del pueblo Hebreo mandó hacer una gran medalla de oro, en la que grabó el nombre sagrado de Dios y la colocó en el Arca de la alianza.

En la época de Samuel, los Filisteos se apoderaron de la Arca y fundieron la gran medalla de oro para construir un ídolo, de tal manera que el nombre de Dios quedó perdido para siempre.

El nombre sagrado subsistía solamente sobre el delta de oro empotrado en la piedra de ágata gravado por Enoch; pero nadie conocía la localización del sitio donde el patriarca bíblico había disimulado el precio secreto 2.770 años antes.

Salomón quiso tener el delta de oro para consagrar el templo de Jerusalén a la gloria del «Gran Arquitecto del Universo» y ordenó a tres Maestros: Zabulón, Satolkin y Yehu-Aber de ponerse a buscar la bóveda secreta de Enoch para extraer la piedra y el delta gravado. Después de grandes estudios y penosos viajes, los 3 Maestros lograron descubrir la entrada de la bóveda subterránea en la cual encontraron el cubo de ágata, en una de cuya cara estaba incrustada un triángulo de oro muy brillante que tenía esculpido en su centro las 4 letras de la palabra inefable (*46).

Después de terminado el templo de Jerusalén, el Rey Salomón estableció una escuela de arquitectura en Jerusalén, en la que los obreros del templo recibiesen la instrucción requerida y los medios de llegar a la perfección en el «Arte Real»; pero con la muerte de Hiram, el alma de la obra había desaparecido. La obra del Gran Maestro debía quedarse sin acabar; es por ello que para los Masones « llueve en el templo», que espera todavía su techo (*11). Los obreros se separaron, se repartieron a través del mundo, propagando las doctrinas de las corporaciones de constructores y los altos conocimientos de la construcción del templo.

No hay duda que el pastor Anderson cuando recibió el encargo de compilar los antiguos usos y costumbres de la masonería operativa, destruyó u omitió muchos documentos en lo que se ha calificado como auténtico auto de fe. A partir de ese momento se hizo muy difícil reconstruir las leyendas y tradiciones del período anterior. Es posible que Anderson y Desaguliers aprovecharan algunos residuos que encontraron en estos documentos y con ellos construyeron la leyenda de Hiram, o es posible que, tomaran a este personaje secundario en la mitología de los masones “operativos” y lo magnificaran a efectos didácticos. Por otra parte se ha dicho también que la Leyenda de Hiram Abiff lo construyo el monje benedictino, Walafrid Strabon por encargo de los primeros Grandes Maestros de la Logia de Londres.

El presente artículo se tomo del Libro: Hiram Abiff Mas Alla de la Leyenda de Herbert Oré.






[1] Robert Ambelain es un masón con altos grados.
Gran Maestre Consumado Mundial del Honor del Rito de Memphis-Misraim (1985);
Gran Maestre de Honor del Grande Oriente Mixto de Brasil;
Gran Maestre de Honor del antiguo Grande Oriente de Chile;
Presidente del Supremo Consejo de los Ritos Confederados de Francia;
Gran Maestre de Francia del Rito Escocés Primitivo (Early Grand Scottish Rite);
Compañero imaginero del Tour de France (Union Compagnonnique des Devoirs Unis), con el nombre de “Parisien-la-liberté” (1945). 

* Herbert Oré Belsuzarri, es un autor y escritor masón del Perú, ha producido diversos libros masonicos y no masonicos que tienen por característica una narración agil y amena, producto de haber sido maestro universitario y un destacado ingeniero.


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